Blog de Marama

La Muerte.

¿Qué es la muerte? ¿Cómo se lo explico a mi hij@?

EL DUELO EN NIÑOS

                “Ojalá no tenga nunca que enfrentarme a esto, pero puede ocurrir. Así de impredecible e injusta es la vida a veces. He de estar preparada”.

Nos enfrentamos a un capitulo tan difícil como que es, probablemente, la duda existencial más temida y desconocida del ser humano; consciente o inconsciente. Lo que pretendo decir es que, aunque suene lógico, es el adulto el primero que tiene que naturalizar la muerte como parte del camino de la vida, en su sentido más biológico; la vida del ser humano –por concretar en nosotros- ya nos la explicó Darwin: nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Si, morimos. A diferencia del resto de los seres vivos, el ser humano tiene la capacidad de pensar: he aquí el inicio de la complejidad del duelo para nosotros. Enfrentarnos a la muerte –en cualquiera de sus vertientes- nos evoca multitud de emociones y pensamientos, que se enredan entre sí en muchas ocasiones: dolor, tristeza, rabia, incertidumbre, angustia, dudas, miedo… estas emociones son bastante desagradables, por lo que, como pensamos, puede ocurrir que activemos nuestros mecanismos de defensa –sacar nuestras armas- y lo intentamos evitar: ¿Cómo? Lo primero, nos auto engañamos: “Seguro que se recupera”; si no se recupera, no nos lo esperábamos, por lo que puede darse el caso de no aceptarlo. En estos casos, en los que la muerte no es repentina, es recomendable aceptar en cada momento la realidad que vivimos, por duro que pueda parecer. Evitar la realidad, no hablar de ella, no la hace desaparecer. Es poner una tirita a una herida sangrante sin coser ni limpiar. Si no somos capaces de esto es importante acudir al cementerio tantas veces sea necesario para hacer real la realidad de la irreversibilidad del suceso. No va a volver. Llorar, permitirnos llorar todo lo necesario; es natural y liberador. Permitirnos también el no llorar y no sentirnos culpables por ello. En fin, como decía, aceptar la realidad de cada uno tal cual venga, pero que sea real.

Si entendemos todo esto y nos lo aplicamos, sabremos cómo actuar con nuestros hijos. Al niño, en su idioma, hay que explicarle la realidad tal cual vaya viniendo. Si su abuelo está muriéndose en el hospital: “tu abuelo está en el hospital muy malito” evitar contarles “mentiras piadosas” tales como que se ha ido de viaje… eso les puede llevar a un mundo de fantasía irreal que ……………………………………………….

Si quiere ir a verle, valorar su estado físico para evitar posibles traumas, pero nunca engañarle.

  • “está tan malito que ya no puede hablar, es mejor que no le veas así, mejor recordarle como le recuerdas”
  • ¿Cómo recordarle, ya no le vamos a ver más?
  • Es posible que no… es probable que ya no le podamos volver a ver.
  • Y, ¿por qué?…

Nos vamos a encontrar con todas esas preguntas que un día tuvimos nosotros, que nadie nos quiso explicar y que ni aun habiendo querido, habrían sabido hacerlo. A veces la mejor respuesta es no darla, pero explicando por qué. Pues hij@ no lo sé, pero cuando uno se muere, ya no vuelves a verlo más. Cuando soñamos podemos verles; podemos hablar de ellos y hacerles presentes; podemos hablar con ellos en la intimidad, pero no habrá respuestas, solo habrá silencio. Hij@ no lo sé… me acabas de hacer la pregunta más difícil de nuestra existencia, de dónde venimos, qué hacemos aquí, a dónde vamos… es importante tener claras estas incógnitas, porque lo son. Existen y no hay una respuesta demostrada. Es importante permitirnos sacar nuestras emociones porque así el niño podrá hacerlo también. Es importante no asustarse de nuestras emociones porque así el niño podrá sentirse seguro de sentir. Es importante aprender a poder nombrar nuestras emociones, ponerles nombre. Así nuestros hijos aprenderán a identificar las suyas.

En definitiva, el duelo en niños se afronta desde la salubridad del afrontamiento del adulto. No es fácil, pero se puede hacer, tú puedes. Da miedo, pero es seguro. Puede parecer loco, pero es lo más sano que se puede hacer. Naturalizar la muerte, por mucho que duela, naturalizarla. Ignorarlo no lo hace desaparecer, va a ocurrir. Mejor estar preparado, no lo hace más intenso, lo hace igual más duradero, pero no más intenso. Y si, más sano. Es importante poderse despedir –siempre que sea posible- saldar cuentas pendientes.

Disociación y trastornos disociativos

¿Por qué no me acuerdo de algunas etapas de mi vida? ¿Por qué a veces me siento diferente a mí mismo o siento que la vida fuera como una película?

 

Los trastornos disociativos consisten en la desconexión o falta de conexión entre elementos que están generalmente asociados entre sí. En las personas, la desconexión se produce entre diferentes funciones de la personalidad o de la mente, ya sean de conciencia, memoria, de identidad o percepción, que normalmente están integradas y funcionan todas en cooperación.

“Sin ser consciente de ello, me esforzaba por mantener separados mis dos mundos. Sin saber jamás por qué, me aseguraba siempre que podía de que no hubiera el menor contacto dentro de la compartimentación que yo misma había creado entre la niña de día y la niña de noche” -Marilyn Van Derbur (2004)

Hay cinco formas en las que la disociación de procesos psicológicos modifica el modo en que una persona experimenta su vida: despersonalización, desrealización, amnesia, confusión de la identidad y alteración de la identidad. La fuerte presencia de alguno de estos cinco rasgos sugiere la existencia de un trastorno disociativo.

Los trastornos disociativos son un grupo de síntomas psicológicos caracterizados por perturbaciones en algunos aspectos de la conciencia, identidad, memoria, conducta motora. Estos problemas incluyen la amnesia disociativa, la fuga disociativa, el trastorno de identidad disociativo y un conjunto de situaciones de definición más difusa que los psiquiatras denominan trastorno disociativo sin otros datos específicos.

Se considera que la disociación, además de estar presente en un grupo específico de trastornos (los disociativos y otros relacionados con trauma), puede acompañar a muchos de los problemas psicológicos.

La persona que se encuentra disociada sufre algunos de estos síntomas:

  • La persona funciona con el piloto automático, se siente como un robot.
  • Se queda adormecido durante el día y se siente desorientado.
  • Tiene experiencias de desrealización: la gente o el mundo no parecen reales, lugares familiares parecen extraños, no se reconoce en el espejo, el mundo parece un sueño, a través de un velo, como si uno realmente no existiera.
  • Se puede sentir como que está mirando las cosas desde fuera de su cuerpo.
  • La persona está ausente, como si fuera un observador de la situación, en lugar de un participante. Tiene fantasías y sueña en exceso.
  • Lentitud para responder a los otros.
  • La persona se vuelve insensible a a las emociones o está especialmente desconectada (“embotamiento afectivo”).
  • Las cosas parece que pasen a cámara lenta o avancen muy rápido.
  • Hay una falta de conexión con el entorno, se pierde la pista de lo que está pasando, se despista con mucha facilidad. Tiene lapsus de memoria, se distrae fácilmente y es descuidado.
  • La persona mueve los ojos con ansiedad, de un lado a otro, parpadea rápidamente, tiene la mirada lejana o aturdida.
  • El cuerpo puede estar rígido, con una expresión estática.
  • La persona se siente dividida, como si fuera dos personas, una antes y otra después del trauma.
  • Su estado de atención se nubla, hay sensaciones confusas, no puede tener una idea clara de sus pensamientos, ya que la mente se queda en blanco.
  • La persona puede tener comportamientos extraños, inexplicables, que le cuesta entender a él mismo, ya que interiormente se siente dividido.

 

En Marama Psicología podemos ayudarte. No dudes en ponerte en contacto con nosotras si has sentido algunos de estos síntomas y te están influyendo en tu vida cotidiana.

Si me planteo ir a terapia, ¿significa que estoy loco/a?

Hay personas que, en determinados momentos de su vida, se encuentran en la situación de necesitar terapia psicológica. Suelen llegar a esta conclusión a raíz de sentirse mal anímicamente, de ver que han intentado poner en práctica todas las estrategias que conocen, y que se encuentran igual o peor; o, en otras ocasiones, son impulsados por un familiar o amigo con el típico “Deberías ir a terapia”. En dichos momentos,  se sienten cuestionadas en ese aspecto, pudiendo llegar a sentirse mal, en controversia consigo mismas y dudando sobre su equilibro mental: “Pero si yo no estoy loco/a, no lo necesito”.

Este conflicto interno de tantas personas nos hace plantearnos la pregunta: ¿Cómo es posible que se siga pensando, aún en el siglo XXI, que la psicoterapia está diseñada para tratar a “locos”? De hecho, ¿qué es un “loco”?

Existen otras personas que, al plantearse visitar a un/a psicoterapeuta, se sienten “débiles” o piensan que son, o están, peor que los que les rodean y, al final, no acuden a terapia psicológica por estos miedos o creencias asociados.

 

 

Encontramos, por tanto, ciertos mitos sobre el hecho de recibir un tratamiento psicológico. Es importante desmontar dichos mitos sobre la salud mental y el cuidado de uno mismo, sin llegar a confundir que el hecho de recibir ayuda profesional por parte de un psicólogo no es más que otro factor en su vida, como lo podría ser el solicitar a un entrenador personal que confeccione una tabla de ejercicios a tu medida, ya sea para mejorar la salud, el estilo de vida, el cuidado físico, como para mejorar un problema de peso. Por poner un ejemplo, no es necesario tener un problema de sobrepeso para realizar ejercicio físico.

La Organización Mundial de la Salud (OMS, 1964) define la salud como: “un estado de bienestar completo físico, mental y social y no solamente la ausencia de enfermedad o dolencia“. Esta definición subraya la naturaleza biopsicosocial de la salud y pone de manifiesto que la salud es más que la ausencia de enfermedad. Por tanto, se puede promover ese bienestar, la salud, desde la atención y cuidado psicológicos.

 

Iniciar la terapia puede ser un gran cambio en la vida de una persona. Se trata de un espacio único y exclusivo para el/la paciente, dedicado a él/ella, donde puede obtener un autoconocimiento y atención a sí mismo/a, que es difícil encontrar en otros contextos. La psicoterapia puede ayudar a paliar síntomas, a superar algún problema concreto, a trabajar dificultades encontradas a lo largo de la vida, a descubrir el bienestar y a recuperarse uno/a mismo/a; sin embargo, no siempre es necesario encontrarse muy mal para pedir ayuda.

 

 

Un proceso psicoterapéutico, además de aportar aprendizaje sobre uno mismo y autodescubrimiento, confiere conocimiento de los demás -sus conductas, comportamientos, actitudes…- y de las relaciones que mantenemos con ellos. Una persona que está yendo a terapia en la actualidad y a la que le hicimos la pregunta “¿Qué te ha aportado ir a psicoterapia?”, nos respondió: “He aprendido sobre mí misma, he aprendido formas de lidiar con situaciones que me angustian o me incomodan, he aprendido a observarme, entenderme, cuidarme y respetarme más. También a mirar (o intentar mirar) a los demás con mayor comprensión y/o menos juicio

Promueve el descubrimiento y/o desarrollo de estrategias que se tenían o que estaban en espera de ser ejercitadas, una mejor gestión de las propias emociones y el aprendizaje de que se pueden solucionar los problemas que se van encontrando a lo largo de la vida. Además, fomenta la comprensión acerca de dónde vienen los síntomas que se han manifestado y por qué, y,  gracias a esta comprensión, se pueden gestionar mejor  esos síntomas e, incluso, aplacarlos.

La psicoterapia ayuda a mejorar el amor propio y la seguridad en uno/a mismo/a, para afrontar las situaciones de la vida, y a fomentar el desarrollo y crecimiento personales, la maduración, es decir, ayuda a evolucionar positivamente. De esta manera, aporta libertad para ser uno/a mismo/a y elegir el propio camino.

 

 

En conclusión, el proceso psicoterapéutico es un añadido en la vida de las personas, que puede impulsarles a seguir creciendo, evolucionando, madurando, adaptándose a la vida de manera positiva y, en consecuencia, acercando a la felicidad y el bienestar. Por tanto, se puede concebir a quienes acuden a realizar este trabajo interno y terapéutico como personas fuertes, capaces, valientes, inteligentes… que quieren dar un paso más en su mejoría vital y se esfuerzan para conseguirlo.

Si te has planteado en algún momento iniciar un proceso terapéutico, en MARAMA Psicología podemos acompañarte en este nuevo camino.